6/7/2014

POR ASALTO

No sé cómo será la guerra. Imagino el bombardeo muy fuerte, inclemente que no para, retumbando en los oídos la explosión, sin alcanzar a digerir lo que está ocurriendo.

No se han repuesto los pobres soldados de los temores y horrores que les han producido los ataques fortuitos, cuando les llega el siguiente. Debe ser bien duro. El temor produciendo temblores de piernas, vértigos, el bajo vientre contraído. Fluidos anegándolos y ellos sin saber de dónde salen los mismos.


Pobres aquellos que se sienten solos sin poder compartir con nadie en momentos de angustia o de pánico. Al menos Ana Frank tenía un gatito que apretujaba contra su pecho y con oír el ronroneo del animalito se calmaba cada vez que sentía el estallar de las bombas.


Un asalto tal, debe dejar sin respiración al que lo sufre. Debe ser como despertar desnudo y no saber quién lo hizo, cómo pasó. Creo que un terremoto se queda corto…


Cada vez produciendo sorpresas… que de un momento a otro te digan Monmartre, Lapin Agile y demás cosas. Es como si el enemigo hubiese invadido todo en asalto certero. No poder recoger lo que se posee y, ahí… Plantado… Eros tensando su arco, con toda la artillería de su carjac.


No respiro, mi garganta se ha bloqueado. Mi corazón y mi plexo furiosos, mucho, a punto de reventar.


Mil suspiros, muchos suspiros…


¿Fedro desencadenado?...


O,


¿Eres tú?

Ana Lucía Montoya Rendón
30 de junio del 2008

21/10/2013

¡TODO SE VA!


No sé ni cómo decirlo.

Todo a mí alrededor y desde que me conozco es como una burbuja de jabón. Nada dura. Solo mis ensoñaciones, ellas, las que me acompañan siempre. A veces quiero creer que existe la generación espontánea y que también se da la desaparición espontánea. “Lo que por agua viene por agua se va”. Sí, todo como viene se va.

Mis años de niña, muy niña, aquellos en los que de frente vi la felicidad fueron certeros. Esos se fueron dejando un gigantesco archivo  de recuerdos, de muy dulces recuerdos. Recuerdos que acapararon mis sentidos, mis emociones y mi mente. Marcaron en mi retina los colores y las tonalidades de verdes, los matices de oro, desde el más brillante hasta el ocre más opaco, también los rojos y las variaciones del violeta. Sí, todos los colores y su gama, porque así era la belleza natural del campo, ahí no más, junto a mi piel. Solo era estirar la mano.

Ahí no más, los olores primitivos. El olor del humo de la leña seca, ardiendo de amor para cocer los deliciosos alimentos campesinos. El olor de la tierra mojada por el aguacero que acababa de pasar. Qué tarde frescas y limpias. Cómo me deleitaba con el barro suave que se formaba donde caían las goteras de los canales del tejado. Era una pomada que me encantaba, una pasta manejable que, en mi condición de niña, incansable amasaba una y otra vez. Con ella armaba los mundos que en mi mente se gestaban y que mi imaginación promovía.

Las hojas de unas plantas crasas, muy tiesas, eran mi gallinero. Sí, eso eran. Arrancaba hojas de todos los tamaños y las acomodaba boca abajo y así me parecía que frente a mí tenía al gallo, las gallinas y los pollitos.
Oía el canto de los pájaros y me extasiaba con su plumaje multicolor. Era la plenitud pero yo no lo sabía. En mis recuerdos también están las pequeñas culebras “rabo de ají” que se retorcían encima del polvo colorado y caliente del medio día, del patio de la finca donde nací… no les temía a estas serpiente porque no conocía el miedo, apenas tenía unos cinco o seis años y no sabía que el tal reptil es uno de los más venenosos de Sur América ¡Qué iba a saber!

Un día a mi casa se asomó la muerte para llevarse a mi padre. No sabía qué era eso. Lo entendí cuando crecí un poco más. Vino la muerte y se acomodó a nuestro lado y así vi cómo se fueron los olores, los colores, los dulces sonidos, los cantos de los pajaritos. Todo quedó en el archivo de mi memoria, en mi mente. Allí ha estado siempre. Es el mundo paralelo del que me alimento.

El tiempo siguió su curso y junto a él mi vida. Se fueron los días felices de mi primera infancia. Nos arrancaron de la tierra y nos instalaron en la ciudad. En la tierrita éramos papá, mamá e hijos, pero de la noche a la mañana eso desapareció. Crecimos alrededor de la abuela, en una casa de la ciudad. ¡No estaba mi padre! En el campo, el espacio abierto a plenitud, era nuestro diario vivir. En la ciudad, la vivienda se me antojaba un cajón con compartimientos. Un cajón sin la luz clara del sol, sin los aromas de las flores de los azahares de los cafetales parecidos a novias vestidas de blanco; sin los verdes de los cañaduzales, sin mis gallinitas de hojas crasas, sin el sabor delicioso de los jugos naturales que mi madre nos daba a la media mañana. Eran  deliciosos entredías: bananos maduritos y dulces, majados con las natas de la leche o, zanahorias ralladas y mezcladas con bananos y leche fresca; jugo de remolacha y naranja, o de tomates de mesa. Deliciosos. Todo quedó atrás y nosotros recogidos en un cajón. A ese cajón las gentes de las ciudades les llaman “casa”.
Allí empecé a entender muchas cosas, por ejemplo, que ya no éramos dueños de nada. Entonces agarré mis sueños, los apretujé tanto como pude, tanto que aún hoy no los he soltado. Durante años los he apretado tanto que creo haberlos fundido en mí. Siguen vivos, cada vez están más vivos.

No anhelo riquezas, solo libertad. Nada de ataduras. Mis sueños siempre claman por su libertad. Es imposible contenerlos. Hoy se han desamarrado y atropellan mi interior.

No respondo. Pobre de mí. ¿Como amansar al corcel? ¡Qué importa ya nada!
Salga lo que deba salir, salgan el día y la noche, salgan ángeles y demonios que después de la tempestad vendrá la calma.

Ana Lucía Montoya Rendón
Marzo 29 de 2008

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11/2/2013

Ensueño II

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De nuevo estaba parada al lado de la ventana de mi cuarto. La cabeza recostada en el marco. No estaba el pequeño colibrí chupando flores de heliconias. Delante de divisaba el muro del patio trasero de mi casa y los techos del vecindario. A lo lejos, por encima de esas tapias veía las copas de las ceibas veteranas, hospederas de gavilanes citadinos que anunciaban la hora de su desayuno. Como respuesta se oyó un coloquio de cucaracheros, gorriones y azulejos, que sufrían con los anuncios del peligroso vecino.

De pronto se apagaron los colores y los sonidos. Desaparecieron el muro gris, los viejos tejados vecinos y las copas color de esperanza de las ceibas. Todo se convirtió en espacio infinito. Empecé a escuchar una música que estaba dentro y fuera de mí. Ella, la música, halaba de algún lugar no determinado a los colores primarios hasta un centro que todo lo abarcaba. En ese instante era música y era color, era espacio, era tiempo. Los colores empezaron a danzar coreografías parecidas a líneas curvas, quebradas y rectas, danzaron figuras geométricas, figuras de flores de los más bellos colores, se entrelazaban, copulaban, se amaban y en este cortejo se gestó y nació, un arco iris tricolor.

El recién nacido también danzó y cantó. Ondeaba como bandera hacia los lados que el viento afanoso la moviera. De algún lado se escuchó una voz muy dulce que dijo: -¡Ahora!-, todo se estremeció. En medio de ese escenario apareció una boca- ojo, que parpadeaba y jadeaba con ritmo de parto. Del lacrimal fue saliendo lentamente un hermoso cuerpo de hombre desnudo. Quedó tendido por un momento, pero la música y el canto se metieron en él y también fue uno con ellos. Se desperezó graciosamente, miró a su alrededor y sonrió con ternura y, como si una fuerza lo impulsara, se irguió como un hambriento y se dirigió hacia mí, me enlazó en sus brazos y buscó mis ojos y mi boca. Se apartaba y volvía a mí. Sus manos como viajeros errantes recorrieron todo mi cuerpo. Plenitud. Éxtasis. Se desencajó. Pensé que moriría ahí mismo, a mis pies. Quería morir con él. Acababa de nacer y no soportaría su muerte. Pero el quiso sentir todo de una vez, era como apurando un último sorbo. Todo lo quiso probar en un solo instante. No había rienda que lo gobernara. ¡Ah! pero cuando recuperó algo de sus agotadas fuerzas empezó a cantar como los dioses y en su canto dijo:

"... Volaré contigo hasta una roca de Nayarit y allí en la cumbre con el mar como testigo, posaré mi boca en tu boca y mi lengua succionará tus palabras y degustará tu voz. Hurgaré en tu interior, saborearé tus ideas, recuerdos e inspiración…"

Ana Lucía Montoya Rendón
Mayo 2008

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